
Teníamos la idea de ir a Andorra a hacer senderismo y disfrutar de un día de sol caminando por la montaña. Y nos encontramos con frío y mucha nieve, más de la que he visto nunca.
Fue la primera de las cosas inesperadas que nos encontramos, pero todas hicieron que fuera un finde genial, diferente y muy divertido.
Otra de las cosas inesperadas pero para mal fue el hotel. Resulta que mi niño había elegido una escapada romántica en un hotel de 4* que ofrecía un pack muy interesante: Bombones y velas aromáticas en la habitación, cena romántica con fondue de queso, vino blanco y postre, una hora de jacuzzi en privado y media hora de sauna también privada.
Para empezar el hotel no parecía de 4*, en todo caso de 3. No teníamos ni bombones, ni velas, ni la cena reservada, debió haber una confusión y encima se pusieron chulos diciendo que no teníamos razón. Mi niño estuvo discutiendo en recepción y diciendo que habíamos ido por ese paquete en especial, ni siquiera para esquiar, ya que el hotel está en una estación de esquí.
Al final nos dijeron que nos preparaban la cena romántica, pero de romántica nada, estábamos allí con más gente, sin velas y con más luz en el comedor que si fueran las tres de la tarde de un agosto cualquiera. Para más inri la fondue era un engrudo de queso que no había manera de mojar el pan, y para después que cogiéramos lo que quisiéramos del bufett, pero como era a última hora nos quedamos con los restos. Y encima la comida nada buena. Menos mal que al final nos lo tomamos todo a risa.
Al jacuzzi no pudimos ir porque ya estaban las horas reservadas y quedaban solo las de la mañana o el domingo que ya nos teníamos que ir. Y en la sauna no había ni toallas, ni duchas, ni nada de nada.
Vamos, que para no volver.
Pero estuvo muy bien pasar el día en la nieve, porque yo no estoy acostumbrada a ver nevar tanto, ni andar por la nieve y que se me hundan los pies hasta el tobillo. Fue muy divertido, y también tenía su punto romántico.
Estuvimos en un bar iglú, una pasada, todo de hielo, iluminado con velas, y con pieles en los asientos de hielo.
Estuvimos comiendo en un sitio típico de montaña, todo de madera, con vistas a las pistas de esquí, todo muy encantador.
Además no sé si fue el frio que nos dio la nieve o qué pero nos subieron los calores y la pasión nos salía por las orejas, jajaja.
Así que ni siquiera la pifia del hotel pudo estropearnos el finde tan romántico que pasamos.
Nunca pensé que podría pasar un día tan bonito en la nieve, con lo poco que me gusta a mí.